martes, 24 de agosto de 2010

Agnosia


Hoy es un día poco habitual, uno de esos días extraños, ajenos, que no suelen suceder; y es que hoy no sé cómo me siento.

¿No os habéis despertado nunca con una somnolencia especial, preparado un café, té o bebido un vaso de agua sabiendo que no importa en absoluto, que hoy no es un día de los que cuentan en el calendario, que es como si nada de lo que fueses a hacer sirviese para algo o tuviese algún significado aparte de la propia inercia de vivir?

Por no saber, ni sé si hoy me he despertado así o si sólo me lo he imaginado, pero lo que sí sé es que todo el mundo parece girar y moverse a mi alrededor y yo sigo quieta, mirando desconcertada hacia todas partes. En realidad, creo que llevo como una semana así, evitando algo que sí sé qué es, sin querer mirar ni oír. Y no, no estoy hablando de esos exámenes que se me acercan con sus sonrisas torcidas.

Es algo mucho peor, mucho más absurdo, más bizarro. Tan bizarro, que la gente a mi alrededor lo menciona y yo hago como que no me afecta, lo olvido, me leo muchas novelas interesantes, veo muchos documentales y películas, juego a cualquier tontería en el ordenador... pero en el fondo puedo oír aquel zumbido, puedo sentir la realidad llamando a mi puerta.

Mañana mi padre se casa otra vez.

Se casa, y obviamente yo no estoy invitada a la celebración, se casa y yo miro atrás y no puedo entender qué ha pasado con mi infancia, con mi vida, con la de mis padres, ni de dónde ha salido ese nuevo personaje. Se casa, y mi madre está muy lejos y él se casa, y yo estoy como en un universo aparte, mirando sin mirar, sintiendo sin sentir. Se casa y yo no entiendo, no quiero entender cuánto tiempo ha pasado, ni lo que el tiempo ha hecho. Se casa, y hasta hace poquitos años yo tenía padres; ahora una está muy lejos y el otro como si lo estuviera.

Se casa, y hoy es una de esas vidas que yo no sé vivir.

viernes, 20 de agosto de 2010

Diez razones por las que comer


Esas cosas que todas sabemos:

Come, porque delgada no serás más feliz. Lo único que conseguirás será volverte esclava de los kilos que no peses.

Come, porque nada que hayas hecho, por muy malo que fuera, merece que te tortures ayunando.

Come, porque si no lo haces por gustarle a un tío, ten por seguro que ese tío será un capullo y en ningún caso merece que te flageles por él.

Come, porque los huesos no son bonitos, y si te crees una princesa, nada existe más femenino que las curvas de una mujer.

Come, porque seguro que se te ocurren mil cosas más productivas que mirarte las costillas y que no puedes hacer porque pensar en la comida te quita todo tu tiempo. ¿A cuántos de tus amigos reales puedes ver, con cuántos puedes sentarte sin miedo a compartir una comida?

Come, porque no estamos jugando a nada, porque no es divertido ni un pasatiempo, porque te estás obsesionando y cuando quieras darte cuenta la culpabilidad acompañará cada bocado de tu vida.

Come, porque estás enferma, y si no lo haces no te recuperarás nunca.

Come, porque si hubieses vivido hace unos siglos, desearías estar gorda, o te atiborrarías a vinagre para parecer más pálida. Ten en cuenta que siempre deseamos lo que para nuestra situación es más difícil de conseguir, pero no por ello es bueno.

Come, porque puedes ser tú la que se muera de un infarto y seguro que no quieres quedarte en el intento... ¡imagínate que te mueres pesando esos horribles 87 kilos! ¿qué pasó entonces con tu meta? Ni siquiera has dejado un cadáver delgado, vaya mierda de anoréxica serías.

Come, aunque sea un poquito, come. No hace falta matarte de hambre para bajar de peso, ni para mantenerte. Si tú me dices que esto es un juego de control, yo te digo que te controles y comas lo necesario para no privarte de vivir.

Come, y te lo digo hoy, porque seguramente mañana ya no piense lo mismo.

jueves, 12 de agosto de 2010

Shhh...




Te voy a contar un secreto:

Cuando hayas aprendido, por fin, a no regir tu vida según lo que los demás opinen de ti, te encontrarás con algo que nadie suele mencionar en sus campañas de falsa autoayuda, con algo que a todo el mundo se le olvida nombrarte, como si no existiera.

Te encontrarás con que ahora tienes que aprender a quererte por ti mismo.

A conformarte, a cuidarte, a valorarte según "tus propios criterios".

Y entonces descubrirás que es este juez, de todos, el más terrible.